jueves, diciembre 03, 2020

La fuerza integradora o la conciencia que suma


 

 "Son pequeños actos sencillos, insignificantes de por sí. Abiertos a la creación, sin huidas, sin cargas, sin proyecciones. Sólo son y participan, y su suma es la fuerza integradora". Carlos

Muchas veces levanto la vista y las nubes están tan cerca, aquí en Beas, que siento que mi ser se disuelve  entre ellas.  Otras veces, camino de casa, en el coche, cuando la pequeña carreterilla finaliza y empieza la pista de tierra, abro las ventanillas para sentir el aire y que el olor del bosque me inunde. Siento que así mutuamente nos damos la bienvenida.

Ahora, en estos días, cuando la noche llega sobre las seis y media, pues el sol ya se está guardando, siento el frío en la piel; es un frío vivo que me penetra y también me hace feliz. Muchas veces tardo en abrigarme y me quedo mirando la noche, la aparición de las estrellas y su luminosidad, y si sigo mirando sobre las ocho y algo, allá, en el horizonte va saliendo la luna. Su luz mágica y femenina, su redondez; es una diosa la que me mira, la diosa luna. Según va menguando o creciendo con el paso de los días, los contornos de la noche van cambiando, y salgo andar con esa luz, y también cuando no hay luz, en la noche oscura con paso silencioso, respirando plenamente el regalo de la soledad de los caminos, el regalo de pisar como antaño, apaciblemente, sencillamente, inmerso en la magia de ser.

Al mirar y sentir la noche, me siento pequeño ante la inmensidad de la vida y es una sensación plena, el formar parte y que nos compartamos. Hay un silencio profundo con ladridos a lo lejos, algún grito de lechuza y, a veces, el aleteo de un par de murciélagos que juegan en el aire y tocan el agua de la alberca en ese aleteo eterno. La humedad es profunda. ¡La tierra ha agradecido tanto estas lluvias! Han sido demasiados meses sin agua, sin una brizna de hierba, ni una sola, que hacía que las gallinas se subieran a los árboles para comerse las hojas, y ahora esta humedad fértil ha llenado los prados de una gama de verdes, y la tierra y las aves y el burro agradecemos el agua como generadora de vida.

Suelo dedicar varios momentos del día a pequeñas labores como ir recogiendo por tamaños y densidades tallos o troncos secos de los arbustos y de los árboles que voy guardando en cajas de fruta vacía que he recogido de la basura. Es algo que me encanta, andar entre los árboles que rodean la casa y apaciblemente recoger la leña que luego me va a calentar, y que después en cenizas devolveré al bosque. Escuchar la tierra, escuchar. No me hace falta matar ni dominar al árbol, ni al bosque, sólo recojo con atención lo que me trae.

En casa coloco un pequeño banquito de meditación frente a la chimenea y, cuidadosa y amorosamente, voy colocando, de acuerdo a su capacidad de combustión, los tallos, las ramas, los pequeños palos algo más gruesos, y los troncos, y en su base unos papeles arrugados y trozos de cartón que he ido reciclando. Una sola cerilla enciende el fuego. El dios fuego que me calienta y otras veces me ayuda a preparar la comida. Me quedo mirando, oyendo, como oigo la noche y la tierra centrado en la dicha de la vida.

Esta madrugada, todavía de noche, los gallos cantaban, y al levantarme de la cama, me acerqué a la chimenea. Quedaba un leño convertido todavía en unas pocas brasas naranjas. Salí al porche y el día empezaba a despertar. Recogí de una de las cajas de fruta unas ramas que eché a las brasas. Poco a poco empezaron a arder. Entonces, agradecí al día sonriendo, y me encontraba tan pleno que dediqué unos pequeños bailes al fuego, movimientos lentos de felicidad.

Inbal Segev- Bach "Cello suite nº1 en g mayor: prelude

Artículo escrito por Carlos Serratacó
Escuela de Yoga y Conciencia
Asociación Onubense de Yoga
Huelva, diciembre 2020

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