martes, septiembre 08, 2026

Metarforseando la práctica de yoga


"Cuando comprendes, la realidad depende de ti. Cuando no comprendes, eres tú quien depende de la realidad" Sermón del Despertar. Bodhidharma

 El yoga lo forman muchos yogas, por lo que son muchas las disciplinas internas que podemos ir añadiendo en nuestro camino y de este modo ir despejando la maleza que nos trae el propio vivir. Esta multitud de yogas con el paso de los años vuelven a su origen, y desde ahí te acompañan en tu día a día. 

Ese origen es lo que es cada uno, y cada uno se construye como su interno se lo solicita. Si uno ha ido progresando en su yoga se dará cuenta que su esencia dispone de mayor presencia, y ello facilita en muchos casos la percepción de las situaciones bajo un prisma diferente al habitual, en todo caso, más en equilibrio con lo que es uno. Otras veces, no es así, pero el yoga surge para generar los contrapesos que nos lleven de nuevo a un centro. 

Creo que la importancia de la práctica radica sobre todo en generar una constancia no engañosa, quiero decir con ello que con el paso de los años esa permanente indagación o contacto con uno nos muestra ese uno. Ya no estamos tan sujetos a tantos personajes que nos pueblan y tampoco estamos tan dispuestos a satisfacerlos, pues al ser sirviente de tantos amos, se genera mucho sufrimiento a uno mismo y a los otros, pues son muchos platos a los que hay que dar a comer, y surgen emociones poco sanas ante tanto señor.

Esos yogas, hablamos por ejemplo del yoga físico hay que realizarlo bajo unas condiciones de respeto y amor hacia uno mismo, pues su distorsión nos genera distorsión. Por ejemplo, si hago un yoga para que me vean, alimento a uno de esos personajes que le gustan que le vean, y genero un brillo más egoico que otra situación. Igualmente, la base postural es un equilibrio, cabe preguntarse entonces, si el realizar posturas estas me equilibran o no, o si estoy aprendiendo a sumarlas y restarlas para que cada una genere un dialogo con la siguiente, y así su consecución final me lleven, por ejemplo, a un determinado equilibrio mental, espiritual o emocional, o sencillamente me dejen más abierto para sentir mi corazón.

Podemos hablar igualmente de un yoga respiratorio. Si por ejemplo la respiración me permite vivir, ¿Hasta qué punto le dedico un poco de atención a cómo respiro?, y si ello fuera así, y pasan los años y logro convivir con ella, con mi respiración, y me doy cuenta que es vida, y que además es vida con una inteligencia diferente a la mental, y que si deseo me acompaña a cualquier rincón de mi cuerpo. ¿ No es eso un auténtico milagro tan delicado como la propia vida? Si es una energía que me alimenta y me da vida, y me dice mucho de mí, yo busco acompañarla y guiarla muchas veces para que me ayude. Me doy cuenta también que tal como pienso, respiro. Por lo que trato de en lo posible ser soberano de lo que pienso, para así respirar mejor.

Entonces nos encontramos con un yoga mental, más complicado, pues diría que el oficio de la mente es generar confusión, pero bueno si con nuestro trabajo postural y respiratorio hemos ido alcanzando cierta serenidad nuestros pensamientos quizás hayan reducido su frecuencia, y quizás disponga de mayor espacio interno para darme cuenta de lo que pienso antes de ir detrás de cualquier estimulo que nazca, y genere una discurso o una realidad ficticia con ello.

Pues la mente construye castillos de arena que se solidifican, y al hacerse duros como si fueran reales condicionan toda nuestra realidad. Vamos a poner un ejemplo: puede haber sucesos que a lo largo de nuestra vida por ser dolorosos han pasado al cofre del inconsciente y desde ahí, se actualizan cada vez que cualquier situación le recuerda aquello, es como una sombra que no vemos, pero actuamos bajo su embrujo en nuestro presente, por ejemplo con personas que amamos en base a esta construcción irreal, pues actuamos sujetos a otra realidad, que es aquella la que nos condiciona este presente actual. Un galimatías, sí. Pero causante de mucho sufrimiento. Por ello, por ejemplo es muy positivo vivenciar la calma, y dedicar practica a meditar, pues el meditar nos limpia el trastero, digamos que nos ayuda a limpiar condicionamientos, y no da mucho valor para ser lo que somos. Meditar nos enraíza, genera unas raíces que nos sujetan a la realidad, y no acabamos entre tantas nubes que van y vienen.

Muchas veces siento que todo lo bello es frágil y he de ser muy delicado para poder cuidarlo. Ese sentir, ese modo de vivirme lo llamo vulnerabilidad, y su semilla va creciendo según nuestro yoga se hace más amplio. Es como nuestra conciencia que va abarcando vida, y trata de poner los medios para mantener dicha ternura sutil.

Frecuentemente, por mi modo de ser, he de entregarme a un karma yoga, donde la propia acción sin meta en mi realidad me ayuda a serenar mis desequilibrios. Lo práctico mucho, y me ayuda igualmente a enraizar y a encauzar si hay un exceso de vulnerabilidad. Suelo practicarlo en el campo, en la creación de vida, en la labor permanente se sentir la naturaleza en mí y en ayudar a transformarla para generar vida, ello me reconforta.

Como vemos todos estos yoga alimentan y nutren una esencia, la que soy ahora, y ello se plasma en estas letras. Finalmente sólo se hace un yoga, aquel que une, aquel que suma, aquel que ama. Ese que te lleva de la mente al corazón. 

 

Teresa Salgueiro-"Alegría" 

 

 Artículo escrito por Carlos Serratacó

Huelva, 11 de Agosto, 2026 

jueves, agosto 27, 2026

¿Qué queda tras la mirada de lo efímero?


 La realidad y lo adherido es aquello que se diluye:

¿Qué pretendes sujetar?

Carlos

 Suelo levantarme con la helada. Son tantos años en el campo, o ahora cerca del mar, que ese frío que trae la tierra en la profundidad de la noche cuando todavía queda bastante para amanecer, me despierta.

De un modo u otro diariamente me imbuyo en el amanecer. Ese paso de la noche al día, de la oscuridad hacia aquello que nace, ese milagro de poder siempre mirar hacia la luz y acogerme en ella, a pesar que la oscuridad me haya mantenido ciego durante horas, me sosiega. De algún modo u otro su carácter simbólico, bajo diferentes interpretaciones dentro de mí, me han ido reconfortando, y ayudando antes mis diferentes circunstancias de vida. 

La realidad que no tiene forma, va lentamente adquiriendo forma y significado. Esa transformación ha limpiado de caos mi mente, mi ser, mi persona, y el sol saliendo por la línea de horizonte me va mostrando poco a poco la claridad de lo que soy hoy.

Cuando vuelva el  anochecer, un mundo habrá pasado, una vida entera. Al dormir me renuevo, y antes de hacerlo reflexiono sobre la dicha del día, para cuando mis ojos se abran, mi corazón se ponga a latir desde una luz virgen y fértil. 

Mi corazón sólo vive en presente, mi mente se encuentra condicionada por aquello que fui, y en ese trayecto  desde la oscuridad hacia la luminosidad, me da la oportunidad de abrazarla y de abrir de nuevo mi pecho al sentir del calor.

Muchas veces recorro el bosque en el coche desde la costa al campo, en esos momentos va amaneciendo, y desde la profundidad de la noche se va haciendo la luz entre cientos de árboles  que parecen que corren a mi lado derecho y a mi lado izquierdo. Voy a una velocidad muy moderada, y no me dejo arrastrar por la aceleración mental y emocional de esa falacia visual, me mantengo centrado, sin pensar, completamente asombrado de la belleza del momento.

Me reconforta como ser humano la esperanza de esa transición, donde cada día tengo la oportunidad de nacer de nuevo, de estar atento para seguir andando y creciendo en el camino de mi bosque interior, el tener la oportunidad de renovar lo caduco y de renacer a la vida.

En mi conciencia, en mi modo de darme cuenta de cómo vivo, intento sujetar algo pero se diluye entre mis dedos, pero desde el fondo de mí, donde no existe una mente que siempre construye y maquilla, que se disfraza y lucha por mantener su brillo, hay un Carlos que deja que las olas de mar de lo efímero sigan su curso, se adapta y ello me trae descanso, y sobre todo me ayuda a estar bajo un mayor roce con mi corazón, con el amor que siento por la vida, sería ese mar profundo que observa y late.

De lo efímero surge entonces una permanente revelación, y una mayor profundidad en mi apertura, acepto su perdida pero conservo la mirada. Trato de no quedar sujeto a la fugacidad de la emoción, trato de comprender la brevedad de un amor, o de una vida. La noche me vuelve a llevar hacia lo que desconozco, y a veces me veo envuelto en la propia confusión de la oscuridad, el desconocer hacia donde dirigir mis pasos, pero confío que dentro de poco va amanecer, y ello me trae mucha esperanza, me enraíza y profundiza en mi dicha.

En la Iliada, un hijo parte en busca de su padre, su partida simboliza el viaje de descubrimiento de sí mismo. Va iniciar el camino cuando los primeros rayos de sol dejan atrás la noche, las dudas que tenía de partir o no, quedan atrás, con el amanecer se inicia un trayecto iniciático:

 "Al mostrarse la Aurora temprana de dedos de rosa,
lo primero de todo al océano divino arrastramos los bajeles,
cargamos las velas y el mástil, los hombres,
embarcando, ocuparon los bancos y todos en fila
comenzaron a herir con los remos el mar espumante" 

Homero

 

 Artículo escrito por Carlos Serratacó

Huelva, 26 de agosto, 2026

Craig Armstrong-" "Let,ss go aut tonight 

viernes, julio 10, 2026

Meditacion, enraizamiento y transformación

 

 


"Los dos existen por causa del Uno,
Pero no te aferres siquiera a este Uno;
Cuando la mente no está perturbada,
Las diez mil cosas no prodigan ofensa"
Shinjin-no-mei  (parrafo 11)

 Meditar es ante todo una decisión. El acto de sentarse en un zafu, cojín o banquito, y permanecer con uno aprendiendo a estar con uno no es fácil, implica para empezar, sentarse y apartar de lo interno cualquier obstáculo que genere la mente para no hacerlo, como por ejemplo, no tengo tiempo para meditar.

Si nos sirve de paradoja, cuando uno lleva tiempo meditando, el tiempo desaparece como tal, sería otra falacia más que se va desarmando. 

 La mente y el cuerpo son de un funcionamiento, digamos muy de acomodarse a lo conocido, en el sentido que podemos pasarnos toda una vida dando vueltas a los mismos pensamientos, acompañados de sus correspondientes emociones, y realizando los mismos movimientos corporales, teniendo las misma reactividades; es como si se generara un espectro de existencia con unas fronteras bien definidas donde me asiento. Es como vivir dentro de un castillo rodeados de un foso, a mi entender.

Pero dicho asiento existencial es diferente a sentarse a meditar. El castillo va abriendo los portones poco a poco, dejando entrar el aire y la luz.

Posiblemente el acto de meditar, y ahí radica su belleza, su apertura; es que desde una aparente estática, donde uno observa lo que uno cree que es, y observa los parámetros bajo lo cuales uno vive, estos se van desarmando como un castillo de naipes, y según profundiza en la práctica meditativa, va entrando con el paso de los días, las semanas, los meses y los años en uno mismo, y se va dando cuenta de las construcciones creadas, a las cuales de agarraba como clavo ardiendo, y va observando que caen como si una torre de Babel cayera una y otra vez. Resulta sorprendente, pero es así. 

Entonces uno se da cuenta. Su conciencia se amplía. Su corazón se dulcifica. 

 Esas capas de realidades desmoronadas van vaciando el trastero mental-emocional-espiritual, y en nosotros va naciendo una realidad diferente que se plasma es nuestro quehacer diario. Es una realidad de mayor viveza, de mayor comprensión, hay amplitud, son claridades que no son tan opacas y reiterativas.

Posiblemente lo que mayor asombro me causa, es la dulzura que nos invade, la sensación de vulnerabilidad.

Uno se va dando cuenta de cómo es como persona, con sus penumbras, con sus luces, con sus pensamientos por aquí, por allá, con sus neurosis, sus bucles, sus bondades; uno se nota unas veces agitado, otras veces muy calmado en una profundidad insondable. En todo caso, uno va ahondando en uno, y ello le permite verse, tomar conciencia de su realidad, de su persona, y ese acto ya implica una transformación real en uno, y a su vez, en la realidad que lo circunda.

Al ir dándome cuenta de quién soy, de su continua y permanente transformación, estoy despertando una conciencia viva donde metafóricamente van naciendo raíces, que es el enraizamiento en la presencia de reconocerse uno mismo en el acto de vivir en un presente continuo, y donde dichas raíces son esa totalidad de sentirse vivo y unido a la vida, donde ya no hay tanta paja que arde bajo la superficialidad de las situaciones. 

Es decir, uno siente un mayor estado de Ser en el día a día, y no va corriendo adherido con pegamento ante cualquier pensamiento propio o de un tercero, o ante cualquier situación cotidiana. Es un acto de soberanía. Nos mantiene en una presencia enraizada ante el presente que vive con una conciencia activa.

Una persona enraizada que medita y que va vaciando su persona meditando genera un espacio interno que le permite fluctuar ante la vida, pues como digo habitualmente, solemos errar, y el meditar nos ayuda a vernos, pero curiosamente ese error continuo al vivir, -pues somos pura imperfección-, es una situación maravillosa, una bendición, pues nos ayuda a transformar, nos ayuda a ser más humildes, nos ayuda a comprendernos y comprender, a perdonarnos y perdonar.

La meditación igualmente nos lleva hacia estados de calma, donde la serenidad y el silencio que nacen de estar sentados en ese momento es como una isla que va ampliando continente dentro de nosotros, y nos genera una dicha muy hermosa.

Diría como en yoga, que es un camino de la cabeza al corazón, de la periferia al núcleo, de la distracción a la realidad, de lo denso a lo ligero, de no sentir la piel, a sentir la piel de la tierra que habitamos y vivimos. Es magia, y sólo consiste en sentarse. 

 

Artículo escrito por Carlos Serratacó

Huelva, 10 de Julio, 2026 

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