jueves, agosto 27, 2026

¿Qué queda tras la mirada de lo efímero?


 La realidad y lo adherido es aquello que se diluye:

¿Qué pretendes sujetar?

Carlos

 Suelo levantarme con la helada. Son tantos años en el campo, o ahora cerca del mar, que ese frío que trae la tierra en la profundidad de la noche cuando todavía queda bastante para amanecer, me despierta.

De un modo u otro diariamente me imbuyo en el amanecer. Ese paso de la noche al día, de la oscuridad hacia aquello que nace, ese milagro de poder siempre mirar hacia la luz y acogerme en ella, a pesar que la oscuridad me haya mantenido ciego durante horas, me sosiega. De algún modo u otro su carácter simbólico, bajo diferentes interpretaciones dentro de mí, me han ido reconfortando, y ayudando antes mis diferentes circunstancias de vida. 

La realidad que no tiene forma, va lentamente adquiriendo forma y significado. Esa transformación ha limpiado de caos mi mente, mi ser, mi persona, y el sol saliendo por la línea de horizonte me va mostrando poco a poco la claridad de lo que soy hoy.

Cuando vuelva el  anochecer, un mundo habrá pasado, una vida entera. Al dormir me renuevo, y antes de hacerlo reflexiono sobre la dicha del día, para cuando mis ojos se abran, mi corazón se ponga a latir desde una luz virgen y fértil. 

Mi corazón sólo vive en presente, mi mente se encuentra condicionada por aquello que fui, y en ese trayecto  desde la oscuridad hacia la luminosidad, me da la oportunidad de abrazarla y de abrir de nuevo mi pecho al sentir del calor.

Muchas veces recorro el bosque en el coche desde la costa al campo, en esos momentos va amaneciendo, y desde la profundidad de la noche se va haciendo la luz entre cientos de árboles  que parecen que corren a mi lado derecho y a mi lado izquierdo. Voy a una velocidad muy moderada, y no me dejo arrastrar por la aceleración mental y emocional de esa falacia visual, me mantengo centrado, sin pensar, completamente asombrado de la belleza del momento.

Me reconforta como ser humano la esperanza de esa transición, donde cada día tengo la oportunidad de nacer de nuevo, de estar atento para seguir andando y creciendo en el camino de mi bosque interior, el tener la oportunidad de renovar lo caduco y de renacer a la vida.

En mi conciencia, en mi modo de darme cuenta de cómo vivo, intento sujetar algo pero se diluye entre mis dedos, pero desde el fondo de mí, donde no existe una mente que siempre construye y maquilla, que se disfraza y lucha por mantener su brillo, hay un Carlos que deja que las olas de mar de lo efímero sigan su curso, se adapta y ello me trae descanso, y sobre todo me ayuda a estar bajo un mayor roce con mi corazón, con el amor que siento por la vida, sería ese mar profundo que observa y late.

De lo efímero surge entonces una permanente revelación, y una mayor profundidad en mi apertura, acepto su perdida pero conservo la mirada. Trato de no quedar sujeto a la fugacidad de la emoción, trato de comprender la brevedad de un amor, o de una vida. La noche me vuelve a llevar hacia lo que desconozco, y a veces me veo envuelto en la propia confusión de la oscuridad, el desconocer hacia donde dirigir mis pasos, pero confío que dentro de poco va amanecer, y ello me trae mucha esperanza, me enraíza y profundiza en mi dicha.

En la Iliada, un hijo parte en busca de su padre, su partida simboliza el viaje de descubrimiento de sí mismo. Va iniciar el camino cuando los primeros rayos de sol dejan atrás la noche, las dudas que tenía de partir o no, quedan atrás, con el amanecer se inicia un trayecto iniciático:

 "Al mostrarse la Aurora temprana de dedos de rosa,
lo primero de todo al océano divino arrastramos los bajeles,
cargamos las velas y el mástil, los hombres,
embarcando, ocuparon los bancos y todos en fila
comenzaron a herir con los remos el mar espumante" 

Homero

 

 Artículo escrito por Carlos Serratacó

Huelva, 26 de agosto, 2026

Craig Armstrong-" "Let,ss go aut tonight 

viernes, julio 10, 2026

Meditacion, enraizamiento y transformación

 

 


"Los dos existen por causa del Uno,
Pero no te aferres siquiera a este Uno;
Cuando la mente no está perturbada,
Las diez mil cosas no prodigan ofensa"
Shinjin-no-mei  (parrafo 11)

 Meditar es ante todo una decisión. El acto de sentarse en un zafu, cojín o banquito, y permanecer con uno aprendiendo a estar con uno no es fácil, implica para empezar, sentarse y apartar de lo interno cualquier obstáculo que genere la mente para no hacerlo, como por ejemplo, no tengo tiempo para meditar.

Si nos sirve de paradoja, cuando uno lleva tiempo meditando, el tiempo desaparece como tal, sería otra falacia más que se va desarmando. 

 La mente y el cuerpo son de un funcionamiento, digamos muy de acomodarse a lo conocido, en el sentido que podemos pasarnos toda una vida dando vueltas a los mismos pensamientos, acompañados de sus correspondientes emociones, y realizando los mismos movimientos corporales, teniendo las misma reactividades; es como si se generara un espectro de existencia con unas fronteras bien definidas donde me asiento. Es como vivir dentro de un castillo rodeados de un foso, a mi entender.

Pero dicho asiento existencial es diferente a sentarse a meditar. El castillo va abriendo los portones poco a poco, dejando entrar el aire y la luz.

Posiblemente el acto de meditar, y ahí radica su belleza, su apertura; es que desde una aparente estática, donde uno observa lo que uno cree que es, y observa los parámetros bajo lo cuales uno vive, estos se van desarmando como un castillo de naipes, y según profundiza en la práctica meditativa, va entrando con el paso de los días, las semanas, los meses y los años en uno mismo, y se va dando cuenta de las construcciones creadas, a las cuales de agarraba como clavo ardiendo, y va observando que caen como si una torre de Babel cayera una y otra vez. Resulta sorprendente, pero es así. 

Entonces uno se da cuenta. Su conciencia se amplía. Su corazón se dulcifica. 

 Esas capas de realidades desmoronadas van vaciando el trastero mental-emocional-espiritual, y en nosotros va naciendo una realidad diferente que se plasma es nuestro quehacer diario. Es una realidad de mayor viveza, de mayor comprensión, hay amplitud, son claridades que no son tan opacas y reiterativas.

Posiblemente lo que mayor asombro me causa, es la dulzura que nos invade, la sensación de vulnerabilidad.

Uno se va dando cuenta de cómo es como persona, con sus penumbras, con sus luces, con sus pensamientos por aquí, por allá, con sus neurosis, sus bucles, sus bondades; uno se nota unas veces agitado, otras veces muy calmado en una profundidad insondable. En todo caso, uno va ahondando en uno, y ello le permite verse, tomar conciencia de su realidad, de su persona, y ese acto ya implica una transformación real en uno, y a su vez, en la realidad que lo circunda.

Al ir dándome cuenta de quién soy, de su continua y permanente transformación, estoy despertando una conciencia viva donde metafóricamente van naciendo raíces, que es el enraizamiento en la presencia de reconocerse uno mismo en el acto de vivir en un presente continuo, y donde dichas raíces son esa totalidad de sentirse vivo y unido a la vida, donde ya no hay tanta paja que arde bajo la superficialidad de las situaciones. 

Es decir, uno siente un mayor estado de Ser en el día a día, y no va corriendo adherido con pegamento ante cualquier pensamiento propio o de un tercero, o ante cualquier situación cotidiana. Es un acto de soberanía. Nos mantiene en una presencia enraizada ante el presente que vive con una conciencia activa.

Una persona enraizada que medita y que va vaciando su persona meditando genera un espacio interno que le permite fluctuar ante la vida, pues como digo habitualmente, solemos errar, y el meditar nos ayuda a vernos, pero curiosamente ese error continuo al vivir, -pues somos pura imperfección-, es una situación maravillosa, una bendición, pues nos ayuda a transformar, nos ayuda a ser más humildes, nos ayuda a comprendernos y comprender, a perdonarnos y perdonar.

La meditación igualmente nos lleva hacia estados de calma, donde la serenidad y el silencio que nacen de estar sentados en ese momento es como una isla que va ampliando continente dentro de nosotros, y nos genera una dicha muy hermosa.

Diría como en yoga, que es un camino de la cabeza al corazón, de la periferia al núcleo, de la distracción a la realidad, de lo denso a lo ligero, de no sentir la piel, a sentir la piel de la tierra que habitamos y vivimos. Es magia, y sólo consiste en sentarse. 

 

Artículo escrito por Carlos Serratacó

Huelva, 10 de Julio, 2026 

miércoles, junio 24, 2026

La belleza inusitada


Me pasa, que continuamente me quedo anonadado, en un silencio profundo, es como si un rayo invisible, como si unos rayos invisibles me mostraran una realidad hermosa viva en su calma, en su bella serenidad, es una estática dinámica rebosante de color y vida, plagada de unidad. 

Aparece por sorpresa, por doquier, no avisa, es inesperado y reconfortante, como la esponjosidad de una pequeña nube. 

 Me quedo inmóvil observando lo que la vida me está mostrando en ese momento, son detalles, son escenas, son colores, son equilibrios de armonía. Siento que me hablan y que me dicen: "¿Te das cuenta?".

  Creo que es el corazón el que me obliga a detenerme, mi cabeza le ayuda estando en una profundidad de silencio, a veces oigo voces, pero no les hago caso, me siento cómodo asentado en ese silencio profundo. 

Es un caudal que aparta el ruido. Es creativo y fértil, y y dicha efusividad se hace patente en lo que me muestra en su mirada.

Hay amor y calidez. Me acoge, siento su abrazo.

He sido constante en los últimos años en educar mi mirada, en lo posible, en ir ablandando mi corazón. No siempre es así, pero persisto, me equivoco y me endurezco a ratos, pero cada vez me ha ido resultando más fácil mirar de nuevo con asombro, y volver a sentirme vulnerable. Diría que estoy lleno de cicatrices y achaques del vivir, pero cada vez siento mayor ligereza, claridad, sentido.

Digamos que he ido profundizando en mi sensibilidad. Ello no significa que me pase el día bailando en dicha, significa que me siento sensible y abierto, y como decía antes, noto fácilmente cuando me cierro, entonces dejo que el caudal empuje y pum, me vuelvo a abrir.

Por cierto la apertura duele, pero no pasa nada, es que es así, no es un dolor lacerante, es parte del equilibrio, forma parte del surfeo, de la danza vital. 

No es fácil bailar en el caudal, hay oleajes y diferentes mareas, hay días demasiados luminosos, tórridos pero también hay noches frías, pero a pesar de eso, lo cierto es que no lo cambiaría ni daría un paso hacia atrás de lo recorrido.

 Esos momentos, son esos momentos, donde siento ese hilo de existencia. Aparecen y desaparecen, se asoman y súbitamente no están, el truco es no buscarlos, es estar. 

Hay situaciones, semillas de consciencia que siguen trabadas, pero no importa, ese corazón que mira va derritiendo realidades donde se van abriendo las cortinas del teatro. Se genera un pequeño goteo de conciencia que me ayuda a seguir avanzando ¿ A dónde?. Ya sé que no  hay lugar  a dónde ir, sólo he de seguir andando disfrutando de lo que me ofrece el camino, de esa mirada iniciática. 

 La mirada junto con su corazón van ampliándose, transformándose, y por doquier surge la belleza del vivir, que se va plasmando en el continuo andar del caminante.

Es como navegar en un antiguo bajel siguiendo las estrellas apartando la espuma de las olas ante un horizonte infinito.

 

 Artículo escrito por Carlos Serratacó

Junio 2026

Huelva, Andalucía 

Prince-"Purple Rain" 

 

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