La realidad y lo adherido es aquello que se diluye:
¿Qué pretendes sujetar?
Carlos
Suelo levantarme con la helada. Son tantos años en el campo, o ahora cerca del mar, que ese frío que trae la tierra en la profundidad de la noche cuando todavía queda bastante para amanecer, me despierta.
De un modo u otro diariamente me imbuyo en el amanecer. Ese paso de la noche al día, de la oscuridad hacia aquello que nace, ese milagro de poder siempre mirar hacia la luz y acogerme en ella, a pesar que la oscuridad me haya mantenido ciego durante horas, me sosiega. De algún modo u otro su carácter simbólico, bajo diferentes interpretaciones dentro de mí, me han ido reconfortando, y ayudando antes mis diferentes circunstancias de vida.
La realidad que no tiene forma, va lentamente adquiriendo forma y significado. Esa transformación ha limpiado de caos mi mente, mi ser, mi persona, y el sol saliendo por la línea de horizonte me va mostrando poco a poco la claridad de lo que soy hoy.
Cuando vuelva el anochecer, un mundo habrá pasado, una vida entera. Al dormir me renuevo, y antes de hacerlo reflexiono sobre la dicha del día, para cuando mis ojos se abran, mi corazón se ponga a latir desde una luz virgen y fértil.
Mi corazón sólo vive en presente, mi mente se encuentra condicionada por aquello que fui, y en ese trayecto desde la oscuridad hacia la luminosidad, me da la oportunidad de abrazarla y de abrir de nuevo mi pecho al sentir del calor.
Muchas veces recorro el bosque en el coche desde la costa al campo, en esos momentos va amaneciendo, y desde la profundidad de la noche se va haciendo la luz entre cientos de árboles que parecen que corren a mi lado derecho y a mi lado izquierdo. Voy a una velocidad muy moderada, y no me dejo arrastrar por la aceleración mental y emocional de esa falacia visual, me mantengo centrado, sin pensar, completamente asombrado de la belleza del momento.
Me reconforta como ser humano la esperanza de esa transición, donde cada día tengo la oportunidad de nacer de nuevo, de estar atento para seguir andando y creciendo en el camino de mi bosque interior, el tener la oportunidad de renovar lo caduco y de renacer a la vida.
En mi conciencia, en mi modo de darme cuenta de cómo vivo, intento sujetar algo pero se diluye entre mis dedos, pero desde el fondo de mí, donde no existe una mente que siempre construye y maquilla, que se disfraza y lucha por mantener su brillo, hay un Carlos que deja que las olas de mar de lo efímero sigan su curso, se adapta y ello me trae descanso, y sobre todo me ayuda a estar bajo un mayor roce con mi corazón, con el amor que siento por la vida, sería ese mar profundo que observa y late.
De lo efímero surge entonces una permanente revelación, y una mayor profundidad en mi apertura, acepto su perdida pero conservo la mirada. Trato de no quedar sujeto a la fugacidad de la emoción, trato de comprender la brevedad de un amor, o de una vida. La noche me vuelve a llevar hacia lo que desconozco, y a veces me veo envuelto en la propia confusión de la oscuridad, el desconocer hacia donde dirigir mis pasos, pero confío que dentro de poco va amanecer, y ello me trae mucha esperanza, me enraíza y profundiza en mi dicha.
En la Iliada, un hijo parte en busca de su padre, su partida simboliza el viaje de descubrimiento de sí mismo. Va iniciar el camino cuando los primeros rayos de sol dejan atrás la noche, las dudas que tenía de partir o no, quedan atrás, con el amanecer se inicia un trayecto iniciático:
"Al mostrarse la Aurora temprana de dedos de rosa,
lo primero de todo al océano divino arrastramos los bajeles,
cargamos las velas y el mástil, los hombres,
embarcando, ocuparon los bancos y todos en fila
comenzaron a herir con los remos el mar espumante"
Homero
Artículo escrito por Carlos Serratacó
Huelva, 26 de agosto, 2026


