Meditar es ante todo una decisión. El acto de sentarse en un zafu, cojín o banquito, y permanecer con uno aprendiendo a estar con uno no es fácil, implica para empezar, sentarse y apartar de lo interno cualquier obstáculo que genere la mente para no hacerlo, como por ejemplo, no tengo tiempo para meditar.
Si nos sirve de paradoja, cuando uno lleva tiempo meditando, el tiempo desaparece como tal, sería otra falacia más que se va desarmando.
La mente y el cuerpo son de un funcionamiento, digamos muy de acomodarse a lo conocido, en el sentido que podemos pasarnos toda una vida dando vueltas a los mismos pensamientos, acompañados de sus correspondientes emociones, y realizando los mismos movimientos corporales, teniendo las misma reactividades; es como si se generara un espectro de existencia con unas fronteras bien definidas donde me asiento. Es como vivir dentro de un castillo rodeados de un foso, a mi entender.
Pero dicho asiento existencial es diferente a sentarse a meditar. El castillo va abriendo los portones poco a poco, dejando entrar el aire y la luz.
Posiblemente el acto de meditar, y ahí radica su belleza, su apertura; es que desde una aparente estática, donde uno observa lo que uno cree que es, y observa los parámetros bajo lo cuales uno vive, estos se van desarmando como un castillo de naipes, y según profundiza en la práctica meditativa, va entrando con el paso de los días, las semanas, los meses y los años en uno mismo, y se va dando cuenta de las construcciones creadas, a las cuales de agarraba como clavo ardiendo, y va observando que caen como si una torre de Babel cayera una y otra vez. Resulta sorprendente, pero es así.
Entonces uno se da cuenta. Su conciencia se amplía. Su corazón se dulcifica.
Esas capas de realidades desmoronadas van vaciando el trastero mental-emocional-espiritual, y en nosotros va naciendo una realidad diferente que se plasma es nuestro quehacer diario. Es una realidad de mayor viveza, de mayor comprensión, hay amplitud, son claridades que no son tan opacas y reiterativas.
Posiblemente lo que mayor asombro me causa, es la dulzura que nos invade, la sensación de vulnerabilidad.
Uno se va dando cuenta de cómo es como persona, con sus penumbras, con sus luces, con sus pensamientos por aquí, por allá, con sus neurosis, sus bucles, sus bondades; uno se nota unas veces agitado, otras veces muy calmado en una profundidad insondable. En todo caso, uno va ahondando en uno, y ello le permite verse, tomar conciencia de su realidad, de su persona, y ese acto ya implica una transformación real en uno, y a su vez, en la realidad que lo circunda.
Al ir dándome cuenta de quién soy, de su continua y permanente transformación, estoy despertando una conciencia viva donde metafóricamente van naciendo raíces, que es el enraizamiento en la presencia de reconocerse uno mismo en el acto de vivir en un presente continuo, y donde dichas raíces son esa totalidad de sentirse vivo y unido a la vida, donde ya no hay tanta paja que arde bajo la superficialidad de las situaciones.
Es decir, uno siente un mayor estado de Ser en el día a día, y no va corriendo adherido con pegamento ante cualquier pensamiento propio o de un tercero, o ante cualquier situación cotidiana. Es un acto de soberanía. Nos mantiene en una presencia enraizada ante el presente que vive con una conciencia activa.
Una persona enraizada que medita y que va vaciando su persona meditando genera un espacio interno que le permite fluctuar ante la vida, pues como digo habitualmente, solemos errar, y el meditar nos ayuda a vernos, pero curiosamente ese error continuo al vivir, -pues somos pura imperfección-, es una situación maravillosa, una bendición, pues nos ayuda a transformar, nos ayuda a ser más humildes, nos ayuda a comprendernos y comprender, a perdonarnos y perdonar.
La meditación igualmente nos lleva hacia estados de calma, donde la serenidad y el silencio que nacen de estar sentados en ese momento es como una isla que va ampliando continente dentro de nosotros, y nos genera una dicha muy hermosa.
Diría como en yoga, que es un camino de la cabeza al corazón, de la periferia al núcleo, de la distracción a la realidad, de lo denso a lo ligero, de no sentir la piel, a sentir la piel de la tierra que habitamos y vivimos. Es magia, y sólo consiste en sentarse.
Artículo escrito por Carlos Serratacó
Huelva, 10 de Julio, 2026

1 comentario:
Precioso❤️
Publicar un comentario