sábado, diciembre 14, 2019

Otoño del diecinueve


"Nadie que se haya perdido en el bosque sale de él como ha entrado".
Pablo d´Ors

Estos días, cada vez que me asomaba, me encontraba con una luna fulgurante. Si sólo hay inmensidad en la noche y una luna que brilla, para qué más. Observar el ciclo de la luna en el cielo y las estrellas me unen a la vida. Con Alba solemos mirar las estrellas y luego miramos sus nombres. Nos asombra la geometría de sus líneas. Antiguamente, en las primeras civilizaciones, la ciudad y su cosmos vital venía regido por las estrellas. Ahora, en el mundo en que vivimos, son importantes otros temas, pero el cielo y la noche siempre permanecen ahí, y nos acompañan desde el origen. Conviene respirar su aire sagrado.

A lo largo de estos casi tres años, mi yoga ha cambiado y se ha amoldado a la situación de mi enfermedad y, a partir de ese molde, he buscado incansable, como la luna tras el sol, desde los diferentes ámbitos que surgían de mi interior, desde la oscuridad de la noche, el fulgor lunar. Sobre todo, durante este tiempo, ha surgido una claridad grande, brillante, amplia, a pesar del paso de los nubarrones. Una claridad hacia la profundidad y misterio de la vida y de mí mismo, de su disfrute, de su magia, de su fertilidad. Han sido miles de horas postrado, y qué... si me volvía a levantar. Eso es lo importante. Normalmente el sufrimiento que acompaña a una enfermedad te genera mayor confusión, en cuerpo, mente y espíritu, pero es importante no perder ese hálito sagrado de la vida, porque acabas absorbido en la oscuridad. Lo llamaría el remolino oscuro y lacerante.

Quizás debería haberme dejado llevar a la profundidad del remolino, en sus aguas confusas. Afortunadamente las situaciones en la vida no tienen que ser como se suponen que deberían ser. La vida va siendo y, mientras sea soberano, soy.

Soberano en mis principios y la propia ética nacida de mi despertar en yoga. Y en yoga es importante trascender y, ante las dificultades, generar mayores condiciones de presencia. El yoga es amplitud, no constricción. Por tanto, el horizonte es claro cuando la situación es densa, pues el actuar es hacia la apertura, no hacia el cerramiento, o el cerco del sufrimiento.

En el primer año tuve dos grandes dificultades. La primera fue el propio terror del dolor, sobre todo, si es un dolor que te incapacita. El hecho de ir paso a paso, colocando el dolor en su lugar, convertirlo en aceptable al mirarlo en su inmensidad, ir domando el terror que era tanto emocional como físico, es una labor complicada, pues el propio dolor era terror. Ahora se ha convertido en un hermoso viaje. El dolor es ahora un maestro que me sigue enseñando la belleza del vivir a pesar de que me siga mirando con su carita de terror. Me mira, yo no, pero se lo agradezco.

La segunda gran dificultad fue tratar de mantener la Escuela de Yoga. Ante todo, la Escuela, a mi entender, es un lugar sagrado, su sala, su práctica, en el sentido de haber creado unas condiciones, unas determinadas condiciones para que las personas, el alumnado que va a ella disponga de unas herramientas que le permitan tener otra mirada a la vida, no tan egoísta, no tan violenta, no tan estresante ni competitiva. A lo largo de años, se ha ido regando el suelo de la Escuela, como lugar de práctica fértil y generosa. Una mirada y un sentir de calma, de amor y de respeto. Para llegar a ello dediqué mucho tiempo de mi vida. En los primeros diez años, sobre todo, labré sobre la tierra dura arando y arando, y abriendo lugares donde practicar yoga; y ahí sigo, ahora, aquí, postrado o en pie, da lo mismo el plano, sigo labrando ya sobre tierra dulce, pues las puertas ya están abiertas.

Luego fueron incorporándose algunas hermosas personas en una labor de dedicación a dicho espíritu común de respeto. Actualmente son profesoras las que imparten en la escuela: María, Montse, Maribel, Yoly, Esther, Virginia, Susana, Sarita, Rosa a las que les muestro mi profundo agradecimiento por su generosidad y amor de haberme ayudado a mantener la Escuela sin caer doblegadas ante el egoísmo propio humano, ante la codicia vasta y grosera habitual; y, sobre manera, en su atención personal, al estar atentas a mi situación complicada y ser generosas conmigo en el diario, y no porque yo fuera generoso con ellas, sino porque les brotaba, y les brota, del corazón.


Lo más hermoso del grupo de profesoras es que me han ayudado con amor real y generosidad ilimitada. Ahí están los hechos, los actos, la propia vida que se escribe, y que plasmo en estas líneas para que no se olvide: gracias.

Sampa The Great-"Energy"

Artículo escrito por Carlos Serratacó
Escuela de Yoga y Conciencia
Asociación Onubense de Yoga
Huelva




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