miércoles, mayo 30, 2018

Yoga bajo una morera




"Habiendo abandonado todo apego a los frutos de sus acciones, siempre contento y sin ningún tipo de dependencia de nada, aunque participa en la acción no se mete realmente en la acción".
Bhagavad Gita 4/20

Recuerdo que hace unos pocos años, cuando planté la morera, por un lado, me traía a mi niñez, a los gusanos de seda en la caja de cartón de unos zapatos, el buscar sus hojas para darles de comer, el observar absorbido cómo tejían su envoltorio de seda en una belleza inconmensurable. No había tiempo, todo era asombro y belleza y, cuando nacían las mariposas, eso era pura vida.

El podar es un arte. A mí me gusta ir observando a lo largo del año los árboles y, tras mucho meditarlo, decidir dónde ha de producirse la eclosión de belleza. Y para ello confío, y corto delicadamente lo que siento. Son muchos factores los que intervienen, pues es necesario que el árbol se exprese en lo que entiendo es, su modo equilibrado, y para ello hace falta tener paciencia y tolerancia, respeto y amor al árbol. Luego él y yo  -pues en realidad ambos formamos una unidad- nos regalamos aquello que nace.

Las moras eclosionan a lo largo de una semana, y no sólo me gustan a mí, también les gustan a la multitud de pajarillos que pueblan el bosque alrededor de casa, y a multitud de minúsculos insectos.

La morera se abre con todas sus ramas como una catarata de colores, y yo debajo, en el silencio interno de la dicha que me invade, del tempo detenido, voy cogiendo delicadamente mora a mora, hago pausas de disfrute, pues las hojas, las ramas rebosan de felicidad, y ambos compartimos.

Sólo recojo las moras que están al alcance de mi mano, rama a rama, momento a momento, sutileza a sutileza, y suavemente las voy colocando en el recipiente. No tengo ninguna prisa, ni avidez en el acto. Muchas veces los pájaros ni notan mi presencia, y se posan a unos centímetros de donde estoy, y les veo coger una mora y salir volando con ella en el pico.

Y así lleno un poco el recipiente, e igual por la tarde vuelvo y recojo otro poco. Lo curioso de todo es que pasan los días, y no hay menos moras, hay cada vez más, es como si por el respeto que ha nacido de ambos, el árbol me compartiera en su felicidad mayores frutos. Su savia fluye y me regala; por mi lado, le cuido en permanentes cuidados.


Volver a mi casa me ayuda a dar frescor a mi centro, a mi silencio, frescor a mi vida, y ella, la naturaleza, me reconoce como uno más, pues he estado tantos años ahí con ella. La vida como síntesis en sí misma en un pequeñísimo fruto de color morado, suave y blandito.

Sofía Ellar-"Amor de Anticuario"

Artículo escrito por Carlos Serratacó

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