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jueves, diciembre 03, 2020

La fuerza integradora o la conciencia que suma


 

 "Son pequeños actos sencillos, insignificantes de por sí. Abiertos a la creación, sin huidas, sin cargas, sin proyecciones. Sólo son y participan, y su suma es la fuerza integradora". Carlos

Muchas veces levanto la vista y las nubes están tan cerca, aquí en Beas, que siento que mi ser se disuelve  entre ellas.  Otras veces, camino de casa, en el coche, cuando la pequeña carreterilla finaliza y empieza la pista de tierra, abro las ventanillas para sentir el aire y que el olor del bosque me inunde. Siento que así mutuamente nos damos la bienvenida.

Ahora, en estos días, cuando la noche llega sobre las seis y media, pues el sol ya se está guardando, siento el frío en la piel; es un frío vivo que me penetra y también me hace feliz. Muchas veces tardo en abrigarme y me quedo mirando la noche, la aparición de las estrellas y su luminosidad, y si sigo mirando sobre las ocho y algo, allá, en el horizonte va saliendo la luna. Su luz mágica y femenina, su redondez; es una diosa la que me mira, la diosa luna. Según va menguando o creciendo con el paso de los días, los contornos de la noche van cambiando, y salgo andar con esa luz, y también cuando no hay luz, en la noche oscura con paso silencioso, respirando plenamente el regalo de la soledad de los caminos, el regalo de pisar como antaño, apaciblemente, sencillamente, inmerso en la magia de ser.

Al mirar y sentir la noche, me siento pequeño ante la inmensidad de la vida y es una sensación plena, el formar parte y que nos compartamos. Hay un silencio profundo con ladridos a lo lejos, algún grito de lechuza y, a veces, el aleteo de un par de murciélagos que juegan en el aire y tocan el agua de la alberca en ese aleteo eterno. La humedad es profunda. ¡La tierra ha agradecido tanto estas lluvias! Han sido demasiados meses sin agua, sin una brizna de hierba, ni una sola, que hacía que las gallinas se subieran a los árboles para comerse las hojas, y ahora esta humedad fértil ha llenado los prados de una gama de verdes, y la tierra y las aves y el burro agradecemos el agua como generadora de vida.

Suelo dedicar varios momentos del día a pequeñas labores como ir recogiendo por tamaños y densidades tallos o troncos secos de los arbustos y de los árboles que voy guardando en cajas de fruta vacía que he recogido de la basura. Es algo que me encanta, andar entre los árboles que rodean la casa y apaciblemente recoger la leña que luego me va a calentar, y que después en cenizas devolveré al bosque. Escuchar la tierra, escuchar. No me hace falta matar ni dominar al árbol, ni al bosque, sólo recojo con atención lo que me trae.

En casa coloco un pequeño banquito de meditación frente a la chimenea y, cuidadosa y amorosamente, voy colocando, de acuerdo a su capacidad de combustión, los tallos, las ramas, los pequeños palos algo más gruesos, y los troncos, y en su base unos papeles arrugados y trozos de cartón que he ido reciclando. Una sola cerilla enciende el fuego. El dios fuego que me calienta y otras veces me ayuda a preparar la comida. Me quedo mirando, oyendo, como oigo la noche y la tierra centrado en la dicha de la vida.

Esta madrugada, todavía de noche, los gallos cantaban, y al levantarme de la cama, me acerqué a la chimenea. Quedaba un leño convertido todavía en unas pocas brasas naranjas. Salí al porche y el día empezaba a despertar. Recogí de una de las cajas de fruta unas ramas que eché a las brasas. Poco a poco empezaron a arder. Entonces, agradecí al día sonriendo, y me encontraba tan pleno que dediqué unos pequeños bailes al fuego, movimientos lentos de felicidad.

Inbal Segev- Bach "Cello suite nº1 en g mayor: prelude

Artículo escrito por Carlos Serratacó
Escuela de Yoga y Conciencia
Asociación Onubense de Yoga
Huelva, diciembre 2020

sábado, agosto 25, 2018

Volviendo al hogar



 "A un loro le transmites el sagrado koan WU,
pero sólo sabe repetir BU".
Carlos 

"Papito, ¿la vida es infinita?
Sí, amor mío, lo es, y se muestra en todo, hija mía".
Alba y su papá 



La noche no se ha convertido en día, el aire fresco me recorre. Lentamente,  pequeños rayos de luz van ampliando la visión según subo el camino de casa.

Hace dos meses empecé a volver a casa, a Beas, al que era mi hogar, en pleno campo en medio de la campiña. Hace seis años me marché para difundir el yoga en Huelva in situ, del campo a la ciudad, aunque lo llevaba haciendo desde que llegué al campo en el 2004. Han sido años de un trabajo inimaginable, de miles de horas de clase, de generosidad, de entrega, de ir día a día, sumando alumnos y alumnas, uno a uno, una a una, en los gimnasios, en la escuela, en la playa, en cualquier lugar. 

Ha sido agotador. Resulta agotador dar a comprender la pausa, el abandono, el que unas manos son algo más que unas manos, el que una clase de yoga se puede dibujar y esa plasmación no muestra un cuerpo, muestra un todo en sensibilidad, el que se puede empezar meditando en clase, el que es posible dar yoga a los niños y las niñas, a los bebés, a mujeres embarazadas, a impartir yoga terapéutico para patologías concretas, a usar soportes para la práctica amorosamente, como apoyo, no como exigencia; para qué hablar, pues he predicado el no esfuerzo y no he parado de esforzarme durante años de mostrar de un modo experiencial que somos algo más que máquinas materialistas automatizadas, que simplemente, nos mueve algo llamado corazón. Subo la cuesta y, como esos rayos de luz, me vienen fugaces como destellos, el sobrehumano esfuerzo que he realizado, son sólo unos segundos.

Vuelvo a mi presente y al final de la cuesta Trueno ya ha salido a verme. Se coloca junto a mí, y me acaricia con su hocico, me llena de besos, su cuerpo inmenso, de gran tonelaje, lo frota con el mío. Levanto su cabeza, la coloco sobre mi hombro y le devuelvo los besos:

¿Cómo estás, amigo mío, compañero? Venga, vamos.

Ambos subimos en dirección al pajar, él me mira mientras le coloco el grano, yo le acaricio mientras come.

Al caer enfermo hace un año y siete meses tuve que dar a las burras y abandonar completamente el campo, pues no podía andar, sentarme o simplemente vivir sin el dolor de muerte, pues mi vida se la comió la enfermedad. Se comió mi trabajo, mi sustento, mi cuerpo, mi mente, mi hija, se lo comió todo.

Tengo buen  estomago, y soy austero en el comer, así que, realizada la digestión y...

Gracias a mi perseverancia en rendición,  a mi dulzura implacable, y al amor y apoyo incondicional de unos pocos seres humanos, estoy aquí, de pie de nuevo.

Ya no vivo día y noche muriéndome en el dolor, sigo cayendo cada semana, pero me levanto más fuerte, pues el dolor de muerte es un gran maestro, y te bendigo, maestro mío, te quiero como a mi burro, y te agradezco, vida mía, haberte conocido. Me has adelantado de aquello de lo que todo el mundo huye, y estoy aquí de pie, sí, de pie. Todos huyen de la muerte, o del dolor de muerte. Simplemente aterra, pues es el terror, pero sabes, dolor mío, no te quiero, te amo, y me río de la vida, pues me encanta con sus bellas contradicciones. Tú sigue ahí, amor, tumbándome, que yo seguiré levantándome.

Hace un par de meses traje a Trueno a casa. Antiguamente se tenían animales de poder a modo interno, las culturas antiguas siempre han sido sabias. Sí, se las han comido ese materialismo homogéneo pastelero que muestras sus espasmos en las redes sociales, pero la sabiduría sigue ahí, para quien desee aprehenderla, en el corazón, y sí, uno de mis animales de poder es el burro o la burra, animal noble, fuerte, empático, salvaje, dócil en amor, libre, digno, leal, bello o bella.

Cada día agradezco más su presencia, me recoloca, me atrae a mí, por si me he olvidado por un momento quién soy, y es gracias a todos los tusamis de los dos últimos años que estoy aquí, de nuevo, hermano mío, ambos los dos valientes, blandos, fuertes, con un corazón inmenso, el burro y yo, y esos pocos seres humanos.

Angela Ricci-"Crazy" 

Artículo escrito por Carlos Serratacó 
Escuela de Yoga y Conciencia
Huelva



domingo, octubre 29, 2017

¿Qué entiendo por yoga? El día de hoy, en octubre del 2017



Para mí el yoga es una ciencia de la vida. Me ayuda a tener una mirada dulce y clara bajo las formas aparentes de la vida, de mi vida, correr el velo de la no comprensión, y sentirme libre de decidir desde el corazón.

Una ciencia puramente experimental donde las diferentes partes de uno mismo se educan para centrarse. Unificadas, generan la conciencia de darme cuenta. El darse cuenta se alimenta de darse cuenta. Quiero decir que teniendo un poco más de conciencia de uno, se amplía la conciencia de uno mismo. Cuanto más de mí se encuentre bajo unos determinados parámetros de centramiento, más me sentiré en mí y en la vida que vive en mí.

Una ciencia suele ser mental, en el yoga la propia mente educa a la mente, y surge un modo de sentir de darme cuenta. Eso ya no es tan mental. Es como si se asomara tu alma para quedarse, y te dieras cuenta de ti mismo, de Carlos, de que soy Carlos, el de verdad y ese Carlos es único pero es parte de un todo que late.

Curiosamente, según avanza tu percepción de ti mismo, te trae presencia, te hace vivir un presente continuo estando en ti. Segunda curiosidad: esa mente que educa a la propia mente, si se encuentra bien direccionada por uno mismo, viaja hacia el centro del alma que es el corazón. Eso implica quitar poder a la mente, a su parte de ego. Curiosa paradoja: te quitas poder pero ganas presencia, te quitas poder pero ganas comprensión. La presencia vibra la vida, la comprensión te hace un ser menos egoísta y más diáfano.

Una ciencia de la vida te ayuda a vivir mejor tu vida. El yoga es equilibrio, es sentir dentro de ti, en tu cuerpo, en tu emoción, en tu vida, en la que degustas equilibrio a pesar de los propios malabares del día a día. Equilibrio que va de la mano de la calma y, para que ambas se ayuden, hay que aprender a ser humilde. La vida es un juego de equilibrios, y la pequeña toma de decisiones bajo una mirada central te ayudan a volver a tu centro equilibrado. Es bonito ese juego, te enseña que la vida no es como tú proyectas, pero te enseña como ciencia que, si vibras en una determinada dirección, la realidad de lo que anhelas en lo profundo de tu ser está ahí. Siempre ha estado ahí.

La humildad va desarrollándose bajo esa mirada que penetra hacia el corazón pero que vuelve a la vida más clara, menos contaminada por los caprichos de la mente, o las dictaduras del cuerpo. Uno nota esos cambios en su vida de un modo pausado. Por ejemplo, no es tan importante mostrar, a mí me gusta aprender a ser, y que mi ser vibre, sin aspavientos ni tecnologías, y si nacen cualidades buenas para mí, las nutro para seguir creciendo, y las comparto con los seres que amo. Vuelvo a la palabra egoísta. El desequilibrio camuflado me lleva al egoísmo, pero si estoy en mí, aprendo de ello, y siento que aprendo si me amo, y amo más desprendido, vuelve entonces a aparecer la humildad, la sencillez de ser.

El yoga tal como lo vivo ha de llevarme hacia lo sencillo, hacia que mi vida sea menos barroca y dramática, menos televisiva.

Entiendo el yoga como ternura, es beber y sentir la dulzura que hay en uno, y beber, nada más. Sé que bebo del lugar adecuado si al mirarme lo hago tiernamente, si al acariciar a las personas que amo lo hago dulcemente, si mis palabras tienen un verdadero significado al expresarlas, y esas palabras que salen de mi boca, salen cuando tienen que salir, en el momento que lo siente mi corazón, no mi cabeza, y si lo hacen es para mostrar su desnudez. No entiendo expresar algo que no sienta, expresar algo que no experimente, expresar algo que no haya pasado por el tamiz de lo que soy. Carlos se expresa con amor, también con dolor, también con sufrimiento, y con dicha, pero siento que lo hago desde lo íntimo, es ahí donde siento el yoga de un modo más límpido, y no sólo se expresa mi verbo, lo hace mi piel, mi gesto, mi mirada, todo lo que soy.

Para mí el yoga es mi silencio de ser, estando conmigo escucho el vivir y ello me enraíza, me posiciona dentro, me trae una fuerza sin fuerza, una amplitud sin meta, un dar sin esperar premio.

Siento que el yoga es amor, mucho amor, y se me empapa el corazón al decirlo. Cada uno ha de experimentar lo que es para sí el amor. Es una puerta siempre abierta, una sensibilidad que siente, una mirada al vivir con las manos suaves. Para mí es algo blandito y me enriquece todos los días el darlo, y el dejarme sentir el amor de los que me aman y lo expresan. Es fluido, lo siento generoso, que abarca, no me aprieta.

La libertad como ser humano la siento en su totalidad viviendo en yoga. Yo mismo, desnudo, conozco mis barrotes, conozco mi inmensidad. Elijo vivir, elijo ser Carlos sin disfraz. 


Percibo el yoga como percepción, percepción de una realidad bajo la aparente forma de la realidad. Una realidad más real para mí, que podría llamarse realidad subyacente, pero simplemente es mi realidad. Percibo que todo yo escucha, que todo yo ayuda, que todo yo decide tras observar lo que subyace. Mucho de lo que percibo me sorprende, otras veces me duele, otras me trae dicha, y así voy  percibiendo, observando el juego de equilibrios tras percibir, aprendiendo a no jugar tanto a las identificaciones y arrastres, a estar en mí viviendo, a vivir que es una ciencia, la ciencia del yoga.

versión Ebony Day-"Somebody Else"

Artículo escrito por Carlos Serratacó
Escuela de Yoga y Conciencia
Huelva


domingo, octubre 01, 2017

Yoga y enfermedad, los inicios, la observancia y la alegría


"Junto al dragón siempre hay una princesa".


El 28 de febrero caí enfermo. Un dolor de muerte se apoderó de mí en la base de la columna, en las entrañas. Un dolor de muerte es un dolor infinito que ninguna medicina puede solventar. Tuve que dejar las clases de yoga y las formaciones. Las personas más cercanas a mí me cubrieron como pudieron ante una circunstancia tan imprevista como grave.

Tuve que dejar mi vida.

Cuando el dolor de muerte se apodera de ti y va conquistando tu cuerpo, tu mente, tus emociones, tu vida,  te das cuenta de que la enfermedad te ha robado eso tan maravilloso que es la vida, y lo que antes era cualquier circunstancia normal, ahora no tenías ni eso, sólo sentías dolor. No podía sentarme, andar, permanecer mucho tiempo en atención, no podía hacer nada, pues no había patrón de aparición del dolor. Lo único estable era el sufrimiento, atroz e insondable.

Como profesor de yoga, me resulta fácil el reconocimiento de patrones internos, sobre ellos se basa mi trabajo personal o muchas de las sugerencias que transmito a los alumnos más cercanos. Simplemente, la enfermedad no tenía caminos reconocibles, campaba y aparecía y desaparecía a sus anchas.

En un mes había perdido doce kilos por el dolor, fui de hospital en hospital hasta que me ingresaron en el Juan Ramón Jiménez, un hospital público de Huelva. En el hospital me ayudaron en todos los sentidos a estabilizar el dolor. Fueron solidarios, profesionales y recibí en todo momento el amor y la atención que requiere un enfermo durante la semana que me atendieron, en la semana santa del 2017.

No podían hacer más. Así que, de vuelta a casa, seguí ya con una medicación variopinta y poderosa, tóxica pero que ayudaba a menguar.

Han pasado bastantes meses, me encuentro mejor, sigo medicado hasta las trancas, hago una vida de enfermo pero ya noto que la vida ha vuelto a mí.

En todo este tiempo he vivido en yoga, ya venía viviendo en yoga, pues soy un yogui, y sin el yoga y amor de las personas más cercanas hubiera sido imposible salir de un dolor tan profundo, cruel, despiadado y permanente.

El yoga es un modo de vida. Uno puede empezar haciendo posturas, pero si uno persevera, uno ya hace yoga al comer, al andar, en sus relaciones, en el amor, en todo, pues el yoga lo impregna todo. Es muy fácil de explicar: te lleva hacia la unidad de ti mismo con la vida, y la vida es plenamente hermosa, nada más.

En estos meses de sufrimiento varias cualidades del yoga me han ayudado para vislumbrar mi enfermedad con esperanza y valentía, con alegría y aprendizaje. Me gustaría hablar de ello y por eso rompo el prologando silencio para hablar de lo aprendido.

Para empezar, podría decir al inicio del artículo que algo me robó la vida. Ahora puedo decir que, simplemente, la vida me enseñaba unos nuevos códigos que me ha costado mucho descifrar, pues la percepción de lo que era mi vida simplemente se volatizó para sentir, como dije, únicamente un sufrimiento indescriptible. Y ahora mi percepción es otra, más clara, más limpia, más profunda, más real en lo que soy.

A mí el yoga me ha enseñado a no sentirme víctima, en nada. Es decir, soy consciente de lo que soy, de lo que pienso, de lo que siento, de dónde estoy y hacia dónde van mis pasos. Es decir, la realidad de lo que soy en cada instante de mi vida, sin mentiras, ni disfraces. Al sentirme yo mismo en mí mismo, mi realidad es esa, y esa realidad, que es un contacto último conmigo y con la vida que nace de observarme y observar la calma que habita en mí, me ha traído profunda dicha y muchas más cualidades que se encuentran dentro de cada ser humano.

Entiendo la dicha como un estado de ser, no lo entiendo como estar riendo todo el día. La dicha es sentirme amado, es un gesto de calma, de dulzura, un comprenderte, un comprenderme, una pausa, un silencio: es un troncal que hay en ti a pesar de todo lo que pase; es agua que brota encontrado el manantial. Es tanto. Entiendo se encuentra ligado a la serenidad.

Cuando el sufrimiento es tan grande en el ámbito físico, y mental, y emocional y vital solo me cabía observar, pues todas las medicinas que tomaba no hacían efecto en los primeros meses. Era muy complicado observar, pues el dolor te come aquello perenne que quiere observar, de la mente surgen pensamientos negativos que buscan respuesta a tanto dolor, busca la mente identificarse como víctima ante ello, pero es solo la calma y la observación la que permite ver desnudo las oleadas de sufrimiento y aprender a mirar, sin más.

Postrado, inmovilizado, mi cuerpo gritaba y gritaba, oleadas de demonios, un dragón inmenso me quemaba. Pero mi sí-mismo observaba y no me identificaba con los gritos, y miraba el fuego del dragón con dicha.

Para educarme en ello, para estabilizarlo tardé semanas, pero sabía que era mi vía, mi vía de esperanza para comprender los códigos.


Hoy he empezado a explicarlos.

                         Fine Young Cannibals-"Good Thing"

Artículo escrito por Carlos Serratacó
Escuela de Yoga y Conciencia
Huelva



domingo, abril 30, 2017

Soledad y percepción en yoga, el sosiego de ser uno mismo.


Soledad y percepción en yoga, el sosiego de ser uno mismo


"Conocer lo que no se conoce, comprender lo que no se comprende, profundizar en lo que ya se conoce"
                                                                                             Desikachar

                       "Papito, tú subes en esa mariposa y yo en la de al lado, y así volamos juntos"
                                                                                                                                           Alba

El yoga tiene un aspecto esencial; según avanzas en él, tienes menos posibilidades de escape de verte a ti mismo. 

En nuestra sociedad actual es complicado convivir con uno mismo, o mejor dicho, de degustarse en el silencio enriquecedor de descubrirse en el misterio de la vida, de penetrar en algo más que no sea la persecución sistemática de ilusiones.

Correr y correr, correr y correr... ¿tras de qué? Ha surgido un nuevo dios omnisciente: la pantalla que jamás descansa. Valores ancestrales van desapareciendo. Hay dificultades de enraizamiento y crecimiento ante tanta dispersión interna. Los estímulos son infinitos y mutan convirtiéndose en parásitos. En realidad son capas y capas que nos impiden vernos en nuestra desnudez de seres humanos, con nuestro amor, con nuestro dolor.

Se vende la inmediatez como si fuera la inmortalidad perenne. Llenos de estar disponibles siempre. 

En el yoga resulta muy importante la pausa. Me detengo, me observo, me miro, me siento. Mi percepción va adquiriendo otra perspectiva. Lentamente se va pasando de vivir hacia fuera, con la mente desbocada de un lugar a otro, a una mente poco a poco más calmada donde el descubrimiento de mirar hacia dentro, de percibirte hacia ti mismo, cambia toda la percepción de la realidad de quién eres y lo que percibes en el exterior.

Para empezar, todo consiste en detenerse. Por ejemplo, uno puede meditar. Solo ha de sentarse para empezar, nada más. Van a surgir dificultades, claro, eso es lo interesante. Y las respuestas van a surgir, simplemente, de seguir sentados todos los días un poco. La mente querrá salir corriendo tras algún estímulo, el cuerpo se quejará, todo va a resultar incomodo. 

Solo hay que seguir sentado. En soledad contigo, con nadie más, solo contigo.

Entonces un día degustarás la pausa, la pausa de percibirte estando contigo. En cuanto notes la pausa va a aparecer una puerta. Si persistes, se abrirá. Tras ella, estás tú, y si sigues en pausa, se te irá revelando lo que eres y lo que no.

Ya podrás meditar de pie, sentado, o como quieras, pues tu soledad siempre va a ir contigo, así como su hermano, el sosiego.

Es importante aprender a percibirse en humildad, pues, desinfladas las ilusiones, surgen obstáculos, pero no importa, solo hay que seguir ahí, perseverante, regular, impecable.

De lo que hemos comentado hasta ahora hay un aspecto importante, uno lo realiza en soledad. Es importante convivirse de un modo creativo, vivo, llenos de la dicha de la aceptación de ser uno consigo mismo.

Solemos apoyarnos en el otro o en los otros para ser, aquí consiste en penetrar, percibirse en uno para descubrir la experiencia de ser uno percibiéndote siendo.

Según te entrenas en soledad en la percepción de ti mismo, tu propia mente y percepción se agudizan, es decir, se hacen más afiladas. Eso significa que, entre el barullo, te resulta más fácil distinguir la claridad en ti mismo. Y con paciencia la mente y la percepción se convierten en herramientas que te ayudan a comprenderte y a comprender el mundo de un modo diferente, donde la experiencia de la propia percepción amplía enormemente tu capacidad de discernir, de discernirte.

Es hermoso el sosiego de ser, la realidad de sentirte en calma contigo, de darte cuenta de que según tu percepción y tu soledad son más creativas, tú te conviertes en un ser cada vez más sensible, más vulnerable, más frágil.

Y la fortaleza es tu fragilidad, y esa soledad fructífera solo quieres compartirla amando desde tu sensibilidad, pues el misterio te va enseñando flores y tú solo quieres regar el mundo de flores, quieres acariciar con tus manos las manos, mirar a los ojos, y compartir lo que eres ahora, en presente.

Esa mirada inicial de la percepción hacia ti mismo se transforma, ya no funciona de fuera hacia dentro, ahora eres tú, como un sol que brilla, el que percibe en libertad consciente los claros y las nieblas, consciente de estar vivo en ti. Te conviertes en faro de tu vida que ilumina tu existencia y, en ese emitir, haces partícipe a otros seres humanos de tu fragilidad, de tus miedos, de tus esperanzas, de tu alegría, con la mirada al frente pero el corazón rendido en aceptación.


Stevie Wonder-"Uptight"

Artículo escrito por Carlos Serratacó
Escuela de Yoga y Conciencia
Asociación Onubense de Yoga
Huelva, Abril 2017

lunes, diciembre 26, 2016

Pisando tierra o modos de enraizar con uno mismo


 Pisando tierra o modos de enraizar con uno mismo

posted: 26 de diciembre del 2016

Llevamos unos meses hablando de las profundidades. Hablemos entonces ahora de modos de fijar aspectos básicos que nos pueden llevar a una sensibilidad diferente en nuestro cotidiano. Esa sensibilidad la llamaremos "pisar tierra" o "enraizar"

Parto de la base de que resulta esencial sentir qué significa vivir en calma. Vivir aprisa y corriendo lo sabemos todos, de ello nacen muchas problemáticas que, somatizadas, nos desequilibran.

Puedo decir que en calma te das cuenta tanto del equilibrio como del desequilibrio, es decir, hay un eje y uno va basculando sobre el eje a lo largo del día. Ese eje, esa base es la calma. Luego le podremos añadir otras cualidades o características que nutran el eje, pero insisto y persisto, hay que crear condiciones para crear la calma en uno, en sentirla, degustarla, saborearla.

Para ello creo importante "pisar tierra". Si voy acelerado, es decir, si simplemente tengo prisa, simplemente estoy de proyección en proyección -por ejemplo, de lo que tengo que hacer-, he de aprender a educarme en detener dicha inercia.

Pisar tierra implica estar en lo que estoy, desde mi eje. Si me ducho, mi atención a la ducha. Si hablo, atención a lo que digo. Si escucho, atención a lo que escucho. Si voy andando, atención a mis pies. Si como, atención a que estoy masticando. Si escribo en el ordenador estas letras, atención a ello. Tratar que no me arrastre lo siguiente que me viene a la mente.

Parece fácil, pero no lo es. El truco es ir sumando: si sumo las pequeñas atenciones, me daré cuenta de las pequeñas distracciones, por tanto, he de dar un sentido, una voluntad, una dirección al acto de estar atento.

Si voy de proyección en proyección, en realidad voy de fragmento en fragmento, y eso no es calma, es fragmento. Si estoy en lo que estoy, no hay fragmento, hay unidad. Si sumo unidades, sumo unidad hacia la calma.

Voy a seguir con los ejemplos: hoy tengo el día regular, me doy cuenta, entonces he creado más condiciones de las habituales para enraizar o pisar tierra. Me he levantado, he realizado mi práctica de yoga más lenta de lo habitual. Ya de por sí, la practica me trae el presente, pero le he dado unos toques de mayor atención elaborándola más lentamente mientras amanecía, y con una profunda sensación de apertura al día y a mí mismo, una apertura amorosa que he culminado meditando.

Ello ha ahondado mi calma, ya de por sí presente, pero me hacía falta más dosis  de tierra.

He decidido no trabajar en el despacho, donde siempre me espera trabajo. He ido al campo, he dado de comer a las burras, a las aves, dándome cuenta, en todo momento, del aire, del sol, de mis botas manchadas de barro; he podado, he cogido limones, he curado a un pavo. He acariciado a los animales con mis manos y con mi voz. Todo ello me acariciaba a mí. Los jilgueros no paraban de cantar.

Me hacía falta seguir pisando tierra, uno puede desenraizarse por proyecciones o por sensaciones o pensamientos... Yo estaba desenraizado de sensaciones; proyecciones por suerte, tengo las justas.

Así que para seguir en tierra, he cambiado el almuerzo habitual, he comprado una piña, una manzana y una pera, las he pelado tranquilamente, me he hecho un zumo y al sol me lo he tomado.

Después de comer quería seguir fijando mi día en tierra: he sacado el cuero, las herramientas y, sentado en el suelo, he ido eligiendo los diferentes cueros para trabajar. He cosido con amor, sintiendo el tacto de la piel en mi piel.

Acabado ello, he centrado mi atención en recoger la casa, los pequeños detalles, un par de lavadoras, recoger lo lavado en el fregadero, barrer el suelo, y así ha ido pasando la tarde.

En todo momento me he dado cuenta de lo que hacía y no hacía, solo quería estar conmigo en mí, fluyendo en mi tempo de vida, sin poner atención a lo siguiente, sin tener prisa por acabar, sin tener meta en la cual fijarme. Solo he ido realizando atentamente con suavidad y respeto hacia lo que hacía, hacia mí mismo, confiando en que todo iba a volver a situarse en su lugar dentro de mí. Sin tiempo, sin expectativas, sin imposiciones propias.

De noche, y con el frío, me he abrigado mucho, un buen jersey, gorro y guantes de lana, y he salido a andar sintiendo el aire frío, andando por la noche oscura, con paso cada vez más firme, más en tierra, más en la luz de lo que soy.

Y ahora, al escribir esto, siento que todo está en su sitio, aquellas sensaciones que me alejaban de mi eje -por tanto, de mí mismo, de lo mejor de mí mismo- ya se encuentran en su lugar.

He nutrido con atención, he confiado en que un día es un mundo, una vida, he puesto una dirección, un sentido y mis pies, mis raíces ya alimentan lo que soy como habitualmente, con serenidad y alegría.

Pisar tierra es eso, nutrirse con lo mejor de uno mismo con atención, con entrega, con desenfado, con abandono, con confianza, con dicha. El día es muy largo, la vida también.



Artículo escrito por Carlos Serratacó

domingo, diciembre 18, 2016

La mirada consciente


 La mirada consciente

posted 16 de diciembre del 2016


"-Alba, hija mía, mira:
esta flor amarilla es para ti.
Es un jazmín que solo florece en invierno.
-Papá, huele a sol, huele amarillo."


El yoga es un camino interno. Lo interno habita en uno mismo. Para verse uno mismo es necesaria la calma. Si hay calma, hay silencio.

El silencio es amplio, inabarcable. Entonces, uno anda.

Nadie dijo que andar fuera fácil. Andar solo en estas condiciones implica sensibilidad y valentía.

Lo sensible es pura belleza. La valentía se gana paso a paso.

El silencio adquiere ternura. Siempre había estado ahí, solo pasaba que las capas de densidad lo camuflaban.

Me escucho:

Yo mismo me observo a mí mismo siendo yo mismo. Yo mismo me doy cuenta de mí mismo:

Alerta, lúcido:

Mi Corazón se encuentra entre mis manos.

En todo momento se reúnen todas las condiciones, eso es así porque la mirada es consciente.

No me siento separado, y mi corazón blandito y calentito entre mis manos, sonríe.




Artículo escrito por Carlos Serratacó



domingo, octubre 09, 2016

Refrescando el interior o fregando la conciencia


 Refrescando el interior o fregando la conciencia

posted: 16 de octubre del 2016

"Siempre que alguien me ofrece con devoción una hoja, una flor, un fruto o agua, yo acepto esa ofrenda ofrecida con devoción y corazón puro."
Bhagavad Guita. Cap.9-26


En el piso donde vivo hay un friegaplatos muy hermoso, nuevo y brillante. Ya estaba aquí cuando llegué.

Todavía no lo he usado.

A lo largo de cada día de todos estos días que suponen mi vida trato de crear condiciones que me lleven a mí, no que me alejen de mí.

Hace años que no veo la televisión, no me siento orgulloso por ello, simplemente no lo veo necesario en mi andar interno. En ese espacio aprendo a estar conmigo o aprendo a compartir con los otros.

En todo este periplo de andar hacia uno mismo, te vas dando cuenta de que todo está ahí delante, no hace falta más, y que son las pequeñas actividades cotidianas, o la propia no actividad, las que te señalan el camino hacia uno, que no deja de ser un camino hacia la vida que vive en uno, que no deja de ser sentir el espíritu que está en ti y en la vida.

El fregar los platos me ayuda a comprenderme. Para llegar a un pleno disfrute de ello hay que ir superando varias dictaduras falaces como, por ejemplo, "que no tengo tiempo", "que si el friega platos es más cómodo" "que me mojo las manos" "que es aburrido" y tantos obstáculos más. En realidad esos obstáculos son condiciones bellísimas que te da la vida para crecer como ser humano, pues, según avanzas en el "fregao",  tu conciencia se va refrescando en todos los sentidos.

Sí, me amo y amo a la vida cuando siento el agua recorriendo el plato, el agua justa, ni más ni menos. Sí, siento que el plato es amigo de la taza, de la cuchara, de la olla llena de grasa.

Creo que todo está ahí delante, es decir, dentro de nosotros. El fregar los platos abre la espita de mi espíritu que me recorre y me une.

Podemos practicar dándonos cuenta y poniendo en duda el materialismo, buscando situaciones de unión con uno, no de fragmentación.

La mayoría de situaciones simples, se presentan continuamente, pues es desde lo interno donde nacen los nudos, pues la vida en sí es simple, pues fluye en un continuo estar y devenir. Es nuestra mirada hacia nosotros lo que crea nuestra mirada hacia el mundo, hacia el otro, y es ahí donde hay que estar, con decisión, con confianza, con calma y abandono de disfrute.

Es tan hermosa la entrega a un "fregao", tan bonita… y esto que escribo suena tan incomprensible. Para amar lo simple, hay que vaciarse de lo complicado, limar los barrotes y asomarse.

Mucho nos puede ayudar la función de vaciarnos de aire: para equilibrar un llenado de aire, uno se vacía de aire. Podemos trasladarlo a probar que, en lugar de llenarme de tantas historias y cosas, pruebo a vaciarme un ratito de ello. 

"Vacío friego con alegría, lleno del frescor nuevo que me inunda"

Refrescar la conciencia es actualizarme como persona cada vez que soy consciente de mí. Los árboles crecen, una brizna de hierba también, y nosotros también, y es en ese refrescar donde se atisba la vida que hay en nosotros.

Solo hay que andar, paso a paso, sin más explicaciones. Solo andar. Seamos valientes. Andemos juntos de la mano.



Artículo escrito por Carlos Serratacó


Antagonismo y Amor


 Antagonismo y Amor

Mucho de nuestra construcción interna se basa en el antagonismo y, con el tiempo, las verdades que sujetan nuestra parte del antagonismo se hacen férreas.
Mi periplo en yoga me ha llevado poco a poco, pero de un modo inexorable, hacia la disipación de muchos de mis antagonismos. Con ello, muchas de las contradicciones interiores han abierto espacio a un sentir más amplio, más generoso conmigo y con el otro. Me doy cuenta que no soy poseedor de ninguna verdad, me doy cuenta que todo ello me muestra lugares insospechados y amables de mi alma.
La amabilidad del alma es silenciosa, es despierta y en su construcción habita el corazón. El corazón dispone de una base irreductible, y esa es el amor. Si del antagonismo surge el fortalecimiento del ego o la permanencia del conflicto, o la marcación de un territorio que uno defiende con uñas y dientes, de la observación del antagonismo propio, y de la apertura y rendición surge ese espacio fértil, amplio en su horizonte, fructífero en su crecimiento, de nuevas situaciones, tanto internas como externas, tanto para nosotros como para el mundo.
Si mi pisada en la tierra tiene menos carga de antagonismo, la tierra que piso es más pacífica.
Uno pierde protagonismo barridas las defensas desde un modo consciente. Todo se acepta, y la mirada se hace amorosa, comprensiva, compasiva. Es penetrar en el antagonismo, penetrar con la mirada clara y honesta, y desde la calma y el amor, entregarse, no dar importancia a la ganancia o la pérdida, uno solo es con lo que es, no caben explicaciones. Tu propio yoga te muestra dónde andar, y nadie dice que ese andar sea fácil, es un andar que te descompone, te compone, y te va mostrando lo que eres. Al mirarlo, sin miedo y sin defensas, a tu corazón lo sientes más blandito.
Al principio da miedo mirar, pues la construcción, la edificación en la cual te sostienes para ser, tiene una gran fortaleza, pero esa construcción, ese ser, se disipa cuanto más miras, cuanto más penetras, y surge otro Ser más intimo. El miedo como resistencia o barrera se desarma. Y ahí te das cuenta que otra hoja ha caído, y que ya no es otoño, y que nacen con todo su esplendor nuevas hojas en una nueva primavera. Y así, sucesivamente las estaciones pasan, y en todas ellas estás vivo, aprendiendo a Ser.
Las contradicciones siguen, los antagonismos también, pero la mirada es otra, y esos nuevos caminos internos que nacen van rompiendo capas de egoísmos, de codicias, en definitiva, de densidades que me alejan de lo que soy, un ser humano con corazón.
Compasivo es que comparto, comparto contigo, lo que eres. Compasivo es que me comparto conmigo, con dulzura.
Donde observo que me muestro con vehemencia cuando me miro, y me veo defender alguna trinchera, me rindo, y ¿sabéis?: solo nacen flores, flores de colores de intensidades insospechadas y, ahí, con el deleite del nuevo néctar, me asombro, me asombro de la vida, de su magia, de sus posibilidades, de su profunda y serena belleza.

Artículo escrito por Carlos Serratacó
Escuela de Yoga y Conciencia
Asociación Onubense de Yoga
Huelva, Octubre del 2016




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